Feliz Navival

¡Amigo mío!, al final el espíritu nos reconcilia con todo lo existente.
-Hiperión, Hölderlin.
A la madre de mi amigo Alejandro no le gusta la nata de las copas de chocolate y él piensa que a nadie le gusta la nata de las copas de chocolate. Estas semanas he caído en que cuando era pequeña la Navidad era mágica porque creía en mamá, no en Papá Noel. Creía en el yayo disfrazado, en papá bailando, en los amuletos de la suerte de la tía Ana, en las estrellas, las flores y la mantequilla. Todo aquello en lo que me apoyaba sigue aquí de alguna manera, y lo ha estado siempre. Ahora, además, creo en mí. Soy yo también quien puede regalar, cocinar, sonreír y escuchar. Todo ha cambiado pero ahora veo que yo también puedo ser Papá Noel. Puedo ser quien hace las fotos y quien sirve la macedonia a la yaya. ¿Es esto el tiempo? ¿Por qué no duele? Resulta que no todo tiene que ser difícil. Crecer no siempre tiene que dar miedo. Cuando estás intentando con mucha fuerza que el camino suceda como deseas y no va bien, quizás sea hora de intentarlo con más suavidad. No tienes que caminar de rodillas por el desierto arrepintiéndote y rogando por piedad. Ya no tienes que preguntarte qué hiciste mal ni lo que deberías haber dicho: puedes confiar en que todo seguirá su curso. Puedes perdonarte, dejar caer los muros altos y recios que has construido a tu alrededor y que van más allá de lo que tu mirada puede comprender. Aquí estás en un lugar seguro. Puedes dejar que la lluvia te caiga encima y saludar a un gato. Los regalos esperan dentro. ¿Me oyes cuando digo que todo irá bien? Me ha parecido verte encogida en una silla y no sabía si estabas escuchando. Voy a ir a por las galletas de miel y puedo hacer un té. El yayo ha dicho que estas galletas son muy densas, pero podemos compartir una. Dejemos que llueva mientras estamos juntas comiendo galletas. Como aquel día que estábamos haciendo el Camino de Santiago y te hice parar. Creo que ya me lo viste en la cara, pero en ese momento sentí que había fracasado por completo porque pensaba que estaba mejor de la espalda y tuve que volver a pedir que vinieran a buscarme. Al menos así estuvimos un rato sentadas mirando a las montañas. Menos mal que luego mamá nos llevó a comer la tortilla de patata aquella tan rica. Ahora recuerdo estar sentada contigo, pero no recuerdo el dolor que sentía. Así es como sé que todo irá bien. Y si no va bien, yo seguiré aquí para ver cómo lo podemos resolver. Para entonces quizás sea Navidad otra vez y a lo mejor los copos de nieve habrán cuajado más que este año (fácilmente). Me alegré al saber que te habías cariñado de mí estos meses, yo también te he echado de menos.
A veces tengo la sensación de haberme pasado la vida pidiéndote ayuda, pero me alegro de estar acercándome al momento en que yo también puedo servir de apoyo.
