Fragmentos diario viaje

Algunos fragmentos del diario de viaje que escribí el pasado agosto.
5 de agosto
Me cuesta escribir porque el avión se mueve un tanto. Una azafata ha pasado a comprobar nuestros asientos, como en las excursiones escolares cuando te pedían que te abrocharas el cinturón. Ha sido concisa y amable, y me ha pedido que coloque mi mochila tumbada. Luego me he quedado mirando mi mochila, tumbada, chafada e hinchada. En cada viaje disfruto llevando objetos que sé, casi con total seguridad, que volverán a casa sin haber sido empleados en absoluto. En esta ocasión traigo, empapelada en unos vaqueros, la cámara que me regaló Pepe hace unos meses. La pobre ha comprometido la holguadez del resto de objetos en mi mochila, obligándome a seleccionar con más cuidado qué traía conmigo. Por esto mismo supongo que en esta ocasión, lamentablemente, usaré todo lo que he traído, que se encuentra ahí doblado y apretado en torno a la cámara. Para esta compré un carrete de 36 fotos a color. Esas serán las imágenes que tome durante nuestro viaje por Finlandia.
6 de agosto
Estamos alojadxs en una especie de cabaña de madera en forma de "L" orientada hacia un lago que se pierde con los árboles. Por lo que hemos visto, las cabañas vecinas están ocupadas en gran medida por personas finlandesas, de modo que el ambiente es muy tranquilo, en ocasiones rozando lo hostil.
Cerca de las cabañas hay una serie de rutas breves con las que entretenerse. La persona de la caseta de información -una chica rubia muy joven, similar a la chica con la que hablamos anoche al llegar- nos ha dado una serie de recomendaciones en torno a las rutas disponibles ahora mismo. Al parecer, en todas ellas es posible que nos encontremos con serpientes "un poco" venenosas. Nos ha dicho que esto significaba que, de ser picadxs, no teníamos por qué acabar en el hospital. Lo ha dicho con toda la buena intención, pero creo que no nos ha tranquilizado a ningunx de lxs cuatro. En cualquier caso, no nos ha mordido nada. De hecho, no nos hemos cruzado a penas con nada ni nadie, más que con algún escarabajo, alguna araña y un par de retaílas de hormigas grandes, para quienes nuestra presencia en el camino parecía resultar más bien insignificante.
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Acabamos de volver a la cabaña de haber cenado en el restaurante que hay cerca de la caseta de información. Me ha parecido increíblemente sorprendente lo rico que estaba todo, especialmente teniendo en cuenta las pocas personas que deben de acudir aquí un día cualquiera, puesto que está en mitad de la montaña y no se encuentra a penas señalizado. Me he sentido como si alguien hubiera montado todo este tinglado en cartón piedra treinta minutos antes de nuestra llegada, solo para hacer aparecer mágicamente unos platos preparados con decoro. Nos han atendido dos chicas también jóvenes, también rubias y también muy amables. Espero que podamos volver a ir antes de marchar de vuelta a casa. He pensado que a veces basta con disfrutar de algo para no sentirse ajenx a tu propio cuerpo.
7 de agosto
Hoy nos hemos desplazado mucho de la villa para ir al Parque Natural Repovesi, que cubre hasta 29kms2. Hemos hecho una ruta corta, de unos 4kms, porque la alternativa era una de 26kms de aproximados 3 días de duración. Allí nos hemos cruzado con más gente que ayer, y también con algo más de fauna. En torno a las 12 y media, cuando hemos terminado nuestra caminata, hemos ido a una caseta situada en la entrada del parque con intenciones de ver si podían darnos algo de comer. Nos ha atendido una mujer, esta vez de mediana edad y morena. Hemos comido sopa con pan de centeno, mantequilla y pepinillos agridulces. Con agua y café. Todo esto me ha despertado la misma sensación que el restaurante de anoche. Me sentía como si me encontrara dentro de un videojuego, y como si la mujer que nos ha servido la comida no hubiera hablado nunca con nadie salvo con nosotrxs, y como si nos hubiera estado esperando desde el inicio de nuestro viaje, allí sentada, calentando la olla de sopa. Cuando nos hemos ido la he oído hablar en finlandés a otra mujer y me ha sorprendido, como si no hubiera podido deducir que era una mujer finlandesa con conocimientos de finlandés con una casa y una vida aquí, en Finlandia.
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Estas dos últimas semanas anteriores al viaje he estado un poco triste. Todo el verano ha sido un poco triste, en realidad. Hay algo que olvido todos los veranos que recuerdo justo a tiempo hacia el final de agosto. Ahora mismo no sé qué es. A veces me tumbo en la cama a mirar a la pared y me inclino a mirar el móvil al cabo de una hora solo para descubrir que en realidad ya ha pasado una semana y que todos los días se han fundido entre sí. Ahora, también en la cama pero de otro país, me sigue costando entrar en contacto con el exterior, pero me siento más capaz de hacer promesas. Luego volveremos a casa y quizás vuelva a mirar a la pared unos días más, pero por ahora aún quedan días donde crea poder jurar. No creo que haya una identidad a la que volver exactamente, pero cuando pienso demasiadas cosas dolorosas y dudo mucho me convierto en una limitación andante que transforma mi yo en un gran no-yo, en una figura de hostilidad. Tendría que ver cómo hacer de esa limitación violenta un yo de nuevo. No en el sentido de un Yo absoluto fichteano libre y puro, solo quiero volver a ser yo, como soy habitualmente, con lo justo de no-yo. No me importa sentirme limitada, solo quiero poder sentirme amada también. Hace unos días me llegué a plantear ir a misa, a ver si me regalaban un futuro y un perdón. Por suerte, la mística que ofrecen los sublimes paisajes de Finlandia me han podido ofrecer un poco de ambas cosas. He traído mis problemas a un espacio grandioso para que se sientan pequeños.
8 de agosto
Hoy hemos madrugado un poco más que estos días atrás, pero hemos salido un poco más tarde porque me he vuelto a dormir. Cosa que por otro lado ocurre siempre, pero que hoy ha sucedido porque estaba teniendo una discusión en sueños, y cuando mi hermana me ha venido a llamar, todavía medio dormida, le he pedido dos minutos más para poder explicarme mejor. He seguido con la discusión hasta una media hora más tarde, pero me he despertado ciertamente decepcionada porque no había podido hacer ver a la otra persona mi punto de vista. Creo que es porque yo también pensaba que yo estaba en lo incorrecto.
Hemos hecho la ruta más bonita hasta el momento. Hemos andado en torno a un lago pudiendo elevarnos para verlo desde arriba (no como ayer, en el Parque Nacional, donde solo pudimos ver lagos desde la orilla). El bosque estaba plagado de setas de diferentes tamaños, formas y colores. He visto una seta en concreto que me ha recodado al merengue, y otras que parecían un "taburete para sapos", como lo ha llamado mi hermana. Le he hecho una foto a una seta plateada. Cuando se revele veré si el color se deja apreciar, pero en cualquier caso llevo el recuerdo de la sorpresa que me he llevado al descubrir que un color así podía encontrarse en pleno monte. He hecho también alguna foto a las raíces levantadas de árboles caídos, habidos en gran abundancia.
En uno de los miradores (piedras grandes situadas al borde de la montaña) me he sentado a respirar. He pensado en la discusión del sueño y luego he intentado ver cuál era la nube más lejana que alcanzaba a mirar. Después nos hemos comido un bocadillo.
No nos hemos encontrado con nadie más que con una pareja andando en dirección contraria y una familia en un comedero ubicado a un kilómetro del parking. La familia iba con tres niñxs muy pequeñxs (el más pequeño iba en brazos), que imagino que solo habrán ido a comer, o a almorzar, o a lo que sea que hagan lxs finlandesxs a las 12 de la mañana.
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Hemos comido en la cabaña, para lo que hemos hecho nuestra propia barbacoa. Como somos bastante inexpertxs, nos ha costado mucho tiempo hacerlo funcionar, pero hemos esperado jugando al rabino. Ya habíamos jugado algún otro rato estos días y es algo que disfruto bastante. Por lo general no me gustan demasiado los juegos, evito competir o ver competir, pero es verdad que el rabino me resulta lo suficientemente familiar como para disfrutarlo. En realidad, hemos jugado tanto con mis yayxs que al hacerlo con alguien como mi hermana la partida consiste en una especie de juego de rol donde decimos frases que mi abuelo, o mi abuela, o mi primo Kilian, etc, dirían, como "las malas al centro", o "a dormir a Picolín". Esto no me pasa con ningún otro juego ni deporte, creo. Mi hermana siempre me permite sentirme en casa, en momentos así ella es casi más "yo" que yo. Una puede no reconocer la mirada del espejo, pero siempre reconoce la mirada de una hermana. Mientras a ella le pase lo mismo conmigo, siempre habrá un resquicio del yo de cada una en la otra.
Por la tarde hemos ido al lago en frente de la villa a dar una vuelta en barca. Lamento no haber llevado la cámara, pero probablemente la habría salpicado de agua, y además he estado remando gran parte del trayecto. En un momento dado, cuando estábamos en mitad del lago y estaba sola remando, se ha levantado bastante aire y mi torpeza con las palas ha hecho que empezáramos a girar en torno a nosotrxs mismxs. He visto a un vecino -finlandés, he deducido- asomarse preocupado de su cabaña. He pensado que quizás estaba confundiendo nuestras risas con un grito de auxilio, y me ha dado tanto vergüenza que he remado sin parar hasta llegar a la orilla, donde no hacía tanto viento, para poder cambiar mi sitio a quien quisiera ponerse a continuación. Aún con todo, lo he disfrutado mucho.


9 de agosto
El resort permite coger bicicletas manuales prestadas de manera gratuita. Así que después de desayunar hemos ido a hacer una ruta en bici. Me ha supuesto todo un reto, ya que no sé gran cosa de montar en bici. Soy bastante miedosa en general, cosa que he pensado cuando ya había conseguido coger ritmo y me he dado cuenta de que ahora me daba miedo tener que frenar.
Por la tarde hemos ido a Anttola a comprar y a dar un paseo. Estaba más bien vacío, que es normal, teniendo en cuenta que era un domingo por la tarde. Hemos visto una pista de patinaje sobre hielo - fuera de uso, por supuesto-, al lado de la cual se encontraba una caseta azul muy ancha que parecía servir de vestuario. Había una señal en la puerta prohibiendo fumar cigarros y vapers. Me he preguntado cuántas personas finlandesas habían extendido el olor a frambuesa metálica un día de enero como para que el ayuntamiento considerase necesaria la señal adicional. Otra cosa que me ha llamado la atención de los vestuarios ha sido lo repletos que estaban de manchas negras y redondas, de unos 10cms de diámetro. He deducido que debían de ser las pisadas de discos de hockey. El primer día del viaje me percaté de que el botón para fotografiar de la cámara estaba atascado, ya sea por el polvo o por algún golpe que debió de darse en su momento. La cámara permite hacer fotos sin mucho problema, pero requiere que insistas un rato, girando y desenganchando el botón, atascado por la última foto tomada. Primero, lo sujetas para enfocar, y después lo rotas para desencajarlo y así hacer la foto en sí. Para bien o para mal, tardar tanto me permite casi memorizar la foto antes de haberla hecho. De no ser por esto, quizás no me habría percatado de las señales y marcas de los vestuarios.

11 de agosto
Ayer por la noche no escribí nada porque nos quedamos jugando al rabino hasta muy tarde, y cuando me metí en la cama no me apeteció ponerme a escribir. Algo que sí que me gustaría contar de ayer fue una interacción que tuvimos después de comer. Estábamos descansando frente a un lago antes de retomar la andada que habíamos empezado pronto por la mañana. Mientras yo le estaba explicando algo a mi padre, un señor que estaba comiendo en la mesa vecina se acercó de forma prudente y nos preguntó si queríamos un helado. Era un señor más bien grandote, con la misma cantidad y distribución de pelo en la cabeza que en la barba -raro de ver- y con unas gafas de sol muy finitas. Resulta que estaba de viaje con sus tres hijas, quienes nos miraban desde su mesa. Habían comprado helados en un supermercado, pero, siendo italianxs, les habían disgustado mucho, y puesto que estaban pasando los días en una camper -de nevera probablemente diminuta- querían deshacerse de la caja de helados. A mi paladar mediocre le parecieron espléndidos. Dado un punto en la conversación, donde también se incluyó la mayor de las hijas, vimos que nos resultaba más cómodo hablar en español e italiano respectivamente. El padre dijo algo así como: "¡basta ya de este idioma imperialista!". Nos reímos mucho y no dijimos ni una sola palabra más en inglés.
En lo que a hoy se refiere, por la mañana hemos ido a una "playa" cerca de nuestra cabaña, donde se ofrecen kayaks, barcas y otros objetos para realizar actividades en el lago. Entrecomillo "playa" porque era más bien una orilla de dos o tres metros para facilitar la entrada y salida del lago. En cualquier caso, y como todo lo que nos hemos encontrado hasta ahora en este país, resultaba muy práctico y más que suficiente. Hemos ido porque mi padre y mi hermana querían probar a hacer paddle surf, deporte que consiste fundamentalmente en mantenerse de pie en una tabla de surf mientras te impulsas con un palo, que en este caso parecía ser de plástico. Mi madre y yo nos hemos mantenido sentadas en un banco de madera situado en el muelle de la playa. Les hemos mirado moverse desde ahí, protegiéndonos del viento con los chalecos salvavidas que ellxs no habían querido. Mi madre les animaba cantando: "¡No tenemos miedo porque no tenemos nada que perder!". Encogidas dentro de nuestros chalecos salvavientos dábamos a entender que nosotras sí teníamos algo que perder, sea lo que fuere. Ambas sabíamos que podríamos haber cogido una barca o cualquier otro objeto de la playa para adentrarnos en el lago, y que de habernos visto apuradas por el viento, nuestra cabezonería probablemente habría bastado para hacernos más fuertes. Pero desde el muelle todo era más tranquilo, y no teníamos que demostrarle a nadie que éramos capaces de hacer esta o aquella fuerza frente a ninguna adversidad. A veces me da lástima padecer tanto miedo, pero por suerte creo que ninguna de las cosas que me dan mucho miedo son estrictamente necesarias para desarrollarme en mi día a día: no es lo mismo temer conducir que temer tirarse de un paracaídas. De sobrevivir a una actividad de paddle surf seguro que tendría más cosas que contar, y quizás me sentiría muy contenta, pero estoy bastante segura de que subirme a una tabla en mitad de un lago es opcional en el rumbo hacia una buena vida. Si algún día me apetece, lo intentaré, pero por ahora tengo algún otro miedo más asequible al que podría hacer frente primero. Además, estaba disfrutando mucho de que el viento me diera en el pelo mientras esperaba sentada. Cuando paso frío en un lugar así no puedo evitar sentirme como un personaje de Manchester by the Sea, que es probablemente la mejor película que he visto nunca, y seguramente la más triste también.

22 de agosto
Volviendo a leer lo que escribí durante el viaje me he dado cuenta de que el último día olvidé por completo contar la vuelta a casa. A lo largo del vuelo estuve pensando tanto rato en cómo cerrar el escrito que estaba segura de haberlo apuntado. Intentaré recordar lo que pensé.
Por la mañana madrugamos una vez más para poder ir a visitar Helsinki, que en realidad me decepcionó un poco porque echaba de menos estar entre árboles y no en una ciudad tan llena de gente como yo (turistas). En la montaña podía ignorar más fácilmente que yo era una persona privilegiada que estaba descansando después de haber estado descansando en mi propio país. Pero en Helsinki me sentí como en cualquier otra ciudad del mundo que te recuerda que hay un montón de gente que ha nacido allí y que probablemente se siente molesta por el desborde turístico de su territorio. Visitamos alguna tienda de segunda mano que por supuesto vendía muchos libros en inglés y luego acudimos al aeropuerto.
En el avión tuvimos la suerte de poder ver el eclipse de manera parcial, y la Tierra completamente oscurecida. Volviendo por la noche paramos en un bar de gasolinera a cenar, done uno de los camareros nos contó que como trabajaba no había podido ver el eclipse, pero que viéndolo televisado en directo había mirado al cielo y había pedido un deseo. Nos dijo muy contento que ya se había cumplido. Entonces pedí yo también un deseo que no sé si se podrá cumplir.
Llegamos a casa a eso de las dos de la mañana y fui directamente a dormir, supongo que por eso había olvidado si había escrito o no en el diario. Unos días después subí a una montaña cercana a mi pueblo para tomar la última foto del carrete y poder llevarlo a revelar. Cuando tenga el revelado subiré alguno de estos fragmentos.
